Jamás te llamamos abuela, nunca lo quisiste. Decías que abuelas teníamos dos, y que tú no lo eras, pero que nos querías como tal. Ni yaya, ni tata. Pili. Era tu nombre y así te llamábamos. Cuando hablábamos de tí siempre te nombrábamos como abuela, pero nunca te llamamos con ese nombre. Tenías tus razones y siempre las hemos respetado. Pero he de decirte que te quiero más de lo que probablemente llegué a querer a la abuela "de verdad".
Fuiste la única persona que se atrevió, aquella tarde de Septiembre, a decirme que mi padre había muerto. Y me decías: Llora, llora, no te lo guardes. Pero no podía. Me senté a tu lado, me cogiste la mano y te estuviste conmigo hasta que me venció el sueño. Decíamos a veces que nos parecíamos mucho, aunque no lleváramos la misma sangre. Las dos éramos muy despegadas, y como decía mi madre, en vez de dar besos arreábamos coces. Quizás por eso siempre te he tenido un cariño especial. Cuando las cosas se torcían entre tú y mamá, yo sabía que jamás podría enfadarme contigo, era superior a mis fuerzas. Nos unían un montón de noches en el hospital cuando tú has estado ingresada y yo me quedaba contigo.
Seguíamos teniendo nuestro secreto, aunque era vox populi. Aquellos pasteles de nata que me hiciste comprarte cuando estabas ingresada, y que yo no quería porque tenías diabetes. Me decías: Te compras dos, uno para tí, y uno para mi, y no se entera nadie. Y yo: Que no, que mamá me va a canear como te pongas mala por mi culpa. Y tú: Si no se va a enterar... anda. Merendamos aquella tarde los pasteles de nata más grandes de toda la pastelería, y cinco minutos después te estaban chutando insulina en vena porque destrozaste la analítica. Cuando se me pasó el susto, te dije que nunca volvería a comprarte dulces y me dijiste algo que sigo recordando palabra por palabra: La vida es para vivirla. Y te compensaba tener un subidón de azúcar y haber sido feliz mientras comíamos a hurtadillas los pasteles. Cuando volví de Suiza traía en la maleta la bolsa de chocolates más grande que encontré en toda Lausanne, y pese a que mamá me echó la bulla por traerte dulces, sabía que era el mejor regalo que te podía traer.
Vinieron muchas noches de hospital, que yo pasé contigo mientras estudiaba en la Universidad, aprendiendo cosas de tu familia, de la época de postguerra, del abuelo, de tus viajes. Con 20 años y sin un duro en el bolsillo siempre pensaba: De mayor quiero viajar como tú. Has estado en tantos sitios: Egipto, Nicaragua, Colombia... ¿Te acuerdas? De Colombia te tuvo que traer un avión del ejército porque te dio un muere y pediste en la embajada que hicieran lo posible para traerte a morir a tu casa. Pero no, no era tu hora, y eres la única persona que conozco a la que el ejército le ha puesto un avión para cruzar el charco. Hace tres años me llamaste para que preguntara en algún ministerio (me decías: Tú sabras cual, mira en el ordenador) para informarte sobre las vacunas para irte a Senegal. Y yo: ¿Senegal provincia de Cuenca? Y tú: No, el de África, qué cosas tienes. Y sí... te marchaste a Senegal aunque mamá renegó todo lo que pudo, porque decía que si te ponías mala habría que ir a África a recogerte. Y tú decías: Ya me traerá alguien, tranquila. Ahora que no estás sigo recordando el color de tus ojos, tus canas, las eternas horquillas que usabas para que no despeinarte. Lo coqueta que eras (cuando mamá me llamó para decirme que te ibas a hacer la cirugía estética por poco no le daba un perrengue, pero con un par, te estiraste los ojillos y te quedaste divina de la muerte). Tu risa y tu sonrisa. Lo mucho que me gustaba ver cómo hacías ganchillo y punto. Lo bien que te salían las tortillas de patata, y las judías blancas. Tus llamadas de teléfono los domingos a primera hora de la mañana, tus pañuelos en el cuello, tus consejos. Consejos de abuela que ha pasado por muchas cosas. Tu clase soleada, diáfana, donde yo me escondía después de comer en el comedor del colegio para sentarme al sol y leer, y donde me dejabas estar porque seguramente entendías que yo prefería estar sola. Nunca te llegué a ver dando clase, mamá no quiso nunca que diéramos clase ni contigo, ni con el abuelo, ni con ella. Pero sé que eras una gran maestra y que adorabas tu trabajo.
Supongo que las cosas en esta vida pasan por un motivo concreto. Te rompiste la rodilla estas navidades y pasé contigo más de la mitad de la semana que pasé allí. Pero no querías ni que te ayudáramos a meterte en la cama, ni ir al baño. Eras testaruda, independiente y cabezona, pero con dos cojones más grandes que dos melones. Disfruté mucho de esos días, donde me hiciste un resumen de todas las telenovelas que daban en la tele, pero mezclando una con otra. Yo no me enteraba de nada pero me gustaba oírte. Igual que cuando le contabas cuentos a tu biznieta Adriana. Desde que murió el abuelo sabía que el día que te tocara a ti estarías feliz de irte con los que ya no están con nosotros. Con tus hermanos, con el abuelo. Y ese día ha llegado... te has ido estando de vacaciones, en un viaje, tal y como probablemente te hubiera gustado irte. Y te acabas de ir y te echo tanto de menos. Vuelves a tu casa en otro avión, un último viaje. Y haces que todos viajemos para ir a despedirte. Un guiño a tu manera de vivir la vida. Allá donde estés, cuida de nosotros.
