Mafalda
Siempre me dijeron que mi abuela materna era una excelente mujer. En su casa siempre había un plato de comida para quien tenía hambre, daba igual si era de la familia o no. Por eso igual, con esa generosidad, dispuso (porque sólo ella sabe la razón) que cuando ella muriera mi abuelo se casara contigo. Y por esos misterios de la vida, sí, realmente mi abuelo y tú os enamorásteis y 7 meses después de que se muriera, tú y mi abuelo os casábais, conmigo como testigo dentro de la barriga de mi madre. Imagino que no fue fácil, encontrarte de golpe con una hija(stra) casada, embarazada, una nieta(stra) en camino, e irte a vivir a una casa donde por los rincones seguía estando la huella de mi abuela.

Jamás te llamamos abuela, nunca lo quisiste. Decías que abuelas teníamos dos, y que tú no lo eras, pero que nos querías como tal. Ni yaya, ni tata. Pili. Era tu nombre y así te llamábamos. Cuando hablábamos de tí siempre te nombrábamos como abuela, pero nunca te llamamos con ese nombre. Tenías tus razones y siempre las hemos respetado. Pero he de decirte que te quiero más de lo que probablemente llegué a querer a la abuela "de verdad".

Fuiste la única persona que se atrevió, aquella tarde de Septiembre, a decirme que mi padre había muerto. Y me decías: Llora, llora, no te lo guardes. Pero no podía. Me senté a tu lado, me cogiste la mano y te estuviste conmigo hasta que me venció el sueño. Decíamos a veces que nos parecíamos mucho, aunque no lleváramos la misma sangre. Las dos éramos muy despegadas, y como decía mi madre, en vez de dar besos arreábamos coces. Quizás por eso siempre te he tenido un cariño especial. Cuando las cosas se torcían entre tú y mamá, yo sabía que jamás podría enfadarme contigo, era superior a mis fuerzas. Nos unían un montón de noches en el hospital cuando tú has estado ingresada y yo me quedaba contigo.

Seguíamos teniendo nuestro secreto, aunque era vox populi. Aquellos pasteles de nata que me hiciste comprarte cuando estabas ingresada, y que yo no quería porque tenías diabetes. Me decías: Te compras dos, uno para tí, y uno para mi, y no se entera nadie. Y yo: Que no, que mamá me va a canear como te pongas mala por mi culpa. Y tú: Si no se va a enterar... anda. Merendamos aquella tarde los pasteles de nata más grandes de toda la pastelería, y cinco minutos después te estaban chutando insulina en vena porque destrozaste la analítica. Cuando se me pasó el susto, te dije que nunca volvería a comprarte dulces y me dijiste algo que sigo recordando palabra por palabra: La vida es para vivirla. Y te compensaba tener un subidón de azúcar y haber sido feliz mientras comíamos a hurtadillas los pasteles. Cuando volví de Suiza traía en la maleta la bolsa de chocolates más grande que encontré en toda Lausanne, y pese a que mamá me echó la bulla por traerte dulces, sabía que era el mejor regalo que te podía traer.

Vinieron muchas noches de hospital, que yo pasé contigo mientras estudiaba en la Universidad, aprendiendo cosas de tu familia, de la época de postguerra, del abuelo, de tus viajes. Con 20 años y sin un duro en el bolsillo siempre pensaba: De mayor quiero viajar como tú. Has estado en tantos sitios: Egipto, Nicaragua, Colombia... ¿Te acuerdas? De Colombia te tuvo que traer un avión del ejército porque te dio un muere y pediste en la embajada que hicieran lo posible para traerte a morir a tu casa. Pero no, no era tu hora, y eres la única persona que conozco a la que el ejército le ha puesto un avión para cruzar el charco. Hace tres años me llamaste para que preguntara en algún ministerio (me decías: Tú sabras cual, mira en el ordenador) para informarte sobre las vacunas para irte a Senegal. Y yo: ¿Senegal provincia de Cuenca? Y tú: No, el de África, qué cosas tienes. Y sí... te marchaste a Senegal aunque mamá renegó todo lo que pudo, porque decía que si te ponías mala habría que ir a África a recogerte. Y tú decías: Ya me traerá alguien, tranquila. Ahora que no estás sigo recordando el color de tus ojos, tus canas, las eternas horquillas que usabas para que no despeinarte. Lo coqueta que eras (cuando mamá me llamó para decirme que te ibas a hacer la cirugía estética por poco no le daba un perrengue, pero con un par, te estiraste los ojillos y te quedaste divina de la muerte). Tu risa y tu sonrisa. Lo mucho que me gustaba ver cómo hacías ganchillo y punto. Lo bien que te salían las tortillas de patata, y las judías blancas. Tus llamadas de teléfono los domingos a primera hora de la mañana, tus pañuelos en el cuello, tus consejos. Consejos de abuela que ha pasado por muchas cosas. Tu clase soleada, diáfana, donde yo me escondía después de comer en el comedor del colegio para sentarme al sol y leer, y donde me dejabas estar porque seguramente entendías que yo prefería estar sola. Nunca te llegué a ver dando clase, mamá no quiso nunca que diéramos clase ni contigo, ni con el abuelo, ni con ella. Pero sé que eras una gran maestra y que adorabas tu trabajo.


Supongo que las cosas en esta vida pasan por un motivo concreto. Te rompiste la rodilla estas navidades y pasé contigo más de la mitad de la semana que pasé allí. Pero no querías ni que te ayudáramos a meterte en la cama, ni ir al baño. Eras testaruda, independiente y cabezona, pero con dos cojones más grandes que dos melones. Disfruté mucho de esos días, donde me hiciste un resumen de todas las telenovelas que daban en la tele, pero mezclando una con otra. Yo no me enteraba de nada pero me gustaba oírte. Igual que cuando le contabas cuentos a tu biznieta Adriana. Desde que murió el abuelo sabía que el día que te tocara a ti estarías feliz de irte con los que ya no están con nosotros. Con tus hermanos, con el abuelo. Y ese día ha llegado... te has ido estando de vacaciones, en un viaje, tal y como probablemente te hubiera gustado irte. Y te acabas de ir y te echo tanto de menos. Vuelves a tu casa en otro avión, un último viaje. Y haces que todos viajemos para ir a despedirte. Un guiño a tu manera de vivir la vida. Allá donde estés, cuida de nosotros.
Mafalda
Confieso que de vez en cuando googleo nombres de personas conocidas a ver qué encuentro. Empiezo por mi misma, busco a mi hermana, a mi madre... y de ahí a exportar el disco duro de la memoria y comenzar a buscar niñas que iban conmigo al colegio, gente del instituto, de la universidad, hay un paso. Reconozco que algunos apellidos los tengo difusos, o monto batiburrillos entre nombres de unas y apellidos de otras, pero hay algunos que se quedan grabados. Yo iba a un cole de niñas (público, pero sólo admitían chicas), que poco a poco y en cursos inferiores (mi hermana ya tuvo compañeros) comenzó a escolarizar a chicos. Desde 1º hasta 6º, sólo tuve compañeras. Luego 7º y 8º los hice en un cole "normal", y mis hormonas ebullían de tener a niños en la clase. Un festín para los ojos...

De aquellos años del cole "female_style" recuerdo que realmente yo jamás era ni popular, ni famosa, ni mucho menos la alegría de la huerta. En la clase era de las normales, sólo destacaba en lengua, literatura, y asignaturas de empollar. Me costaba un montón las matemáticas, pero arrasaba en inglés (sin tirarme el moco). Éramos dos "Glorias" en aquella clase, la otra Gloria vivía en la misma calle que yo, y éramos prácticamente uña y carne. Si yo en la infancia tuve algún amor platónico, era su hermano [estababuenodemorirse]. Su hermano y mis primos eran lo único masculino que estaba al alcance de mis ojos, y con 10 años un chico de 14 o 15 supongo que pensaría que yo era la mosquita muerta amiga de su hermana pequeña que venía a su casa a jugar a las barriguitas. Su nombre (el de mi amiga, no el del hermano_cañón) es uno de los que encuentro fácilmente en Google. Es bióloga, trabaja en el Centro Nacional de Investigaciones Científicas y es una lumbrera. Supongo. No sé nada de ella desde que tenía unos 14 o 15 años, que dejamos de escribirnos. Ella sí que de vez en cuando alternaba con la jet set de la clase, que en resumidas cuentas eran dos, Susana y Marta, que decidían qué era guay y qué no. Había algo en aquellas dos que califico ahora de pedorrismo infantil que me chirriaba. A una la he encontrado en el facebook, sigue teniendo la misma cara de pedorra. A la otra no. Pero ni tuve contacto una vez marché de mi tierra natal, ni creo que la tuviera ahora. No, no es que no lo crea, es que estoy segura. Y de mi "uña y carne" probablemente si la veo ahora, tampoco es que me hiciera demasiada ilusión saber de su vida.

Otra de las niñas que sí recuerdo nombres y apellidos, y que he encontrado recientemente en Facebook, Inés, sí que era una buena niña. No recuerdo haberme peleado con ella, sí que hacíamos trabajos juntas, y aunque no éramos inseparables, cuando hemos hablado ahora en el facebook después de que la encontrara y le mandara un mail, sí que pensé: Es genial, una de las pocas personas de mi infancia que me ha alegrado rescatar. Alguien del instituto me agregó en el facebook, pero no recuerdo aquella época como algo estupendo. Quería pasar el trago cuanto antes, irme a estudiar a la Universidad y que pasaran los años rápido para desaparecer. Tenía ganas de irme a trabajar al extranjero, de no quedarme aquí. Igual pasó con los años de la Universidad. Los amigos que hice de aquella época no son de clase. Recuerdo que a partir de 3º había mucha rivalidad, mucho querer aparentar y hacerse notar. Y si en algo soy buena, soy en el mimetismo absoluto de mi cuerpo con la silla donde me siento. Me hago una y no abro la boca ni para respirar. Si alguien preguntara a mis profesores de Universidad si me recuerdan de algo, creo que todos dirían que no. Casi con absoluta certeza. De aquella época hay algunos compañeros que pululan por el facebook y sí, mi maruja interior ha indagado en sus perfiles, pero supongo que con la misma pasión e interés con la que miraría un Hola o un Diez Minutos.

Cuando hablaba con Inés fue como si de golpe, se pusieran en relieve las verjas metálicas de la escuela, mi estuche de dos pisos, los bolígrafos paper mate que se podían borrar, los primeros cuadernos grandes A4, las ocasionales nevadas en invierno que veíamos desde la ventana, los bocadillos del recreo, el chandal azul marino con las rayas blancas en los costados, uno de los primeros libros de Julio Verne que leí ("Dos años y medio de vacaciones"), Doña Puri, Doña Enriqueta y los demás maestros (porque aquí cogías un maestro y te duraba dos años como poco, era tu tutor y se quedaba contigo el ciclo entero). De Inés recuerdo que tenía una letra muy pequeñita, y que apretaba mucho el lápiz al escribir. Me gustaba pasar las yemas de los dedos por el reverso de la hoja porque quedaba en relieve. Recuerdo que casi siembre llevaba dos trenzas, muy apretadas, de un pelo muy oscuro. Era alta, me sacaba casi la cabeza, muy morena. iba al conservatorio pero nunca coincidió en mis clases, ella iba para fagotista y ha terminado siendo profesora de música. Cuando me marché a vivir con mi familia a otro sitio recuerdo que me mandó una carta, donde me decía que estaba en clase de Solfeo con un chico que iba conmigo a Piano, Leoncio, y que le preguntaba por mí. Maldita sea mi suerte, un chico pregunta por mí y mi familia decide vivir a 500 kms. Porca miseria.

Me ha encantado retomar un nexo de conexión con la infancia, y curioso como después de casi 25 años, hay algunas cosas que nunca he olvidado, como su nombre y apellidos. Algo que me ha permitido volverla a encontrar. Y aunque sea de manera esporádica, que sigamos teniendo esa conexión.
Mafalda
Ya ni me sorprende, llevo año y medio trabajando con el mismo cretino y ya debería acostumbrarme a que cada vez que me voy de vacaciones, él, a los pocos días, se pone "misteriosamente" enfermísimo de la muerte, o su mujer, o su hijo, o su otro hijo, o se le muere la batería del coche porque sus hijos [y aquí viene la mejor excusa de la historia], con 4 y 2 años, le han robado las llaves del coche a la mujer, se han ido a la calle, han encontrado el coche aparcado, lo han abierto, han logrado introducir la llave en el contacto, lo han encendido, han sido capaces de encender las luces y los limpiaparabrisas, luego se han ido del coche, lo han cerrado, dejando, claro, las luces encendidas toda la noche, han vuelto a su casa tan panchos, y oh, maravilla de las maravillas, nadie se ha dado cuenta, o tiene movidas con el seguro de su casa o de su coche, o le intentan robar en el trastero de su casa, o tiene problemas con el aire acondicionado, o tiene miedo de que sus hijos pillen la gripe porcina, o le surja cualquier evento inesperado y sorprendente, que harían palidecer de envídia al mismísimo Iker Jiménez. Ahora es la garganta, estamos a Martes.... este dolorcillo le va a regalar 4 días de asueto, como si lo viera. Y no, ya no me sorprende, me irrita, me cabrea, tengo ganas de irme al baño e inflarme a llorar porque soy gilipollas. Muy gilipollas. Hasta los cojones de que en esta empresa de mierda premien la mediocridad, y gente válida (que la hay), tenga que apechugar con el trabajo de estos pencos de mierda.
Hoy duermo en pelotas, con la ventana abierta y el aire acondicionado a toda pastilla, a ver si con suerte me pillo una buena neumonía y me quedo en mi casa.

[Vale, ya te has desahogado, ahora ponte a trabajar]
Mafalda

Marido decide que se va a comprar coche nuevo y pregunta a Mafalda si se quiere quedar con el coche viejo. Para los que me conozcan poco o mucho o nada, igual se la suda si les digo que a) no me gusta conducir, b) las pocas, pocas veces que he cogido un coche (aka. ataúd con ruedas) he montado algún pollo y c) me pongo tan absolutamente nerviosa conduciendo que pierdo consciencia de mis propias piernas. No es coña, no me noto ni los pies. Podría tener a un minichino cabrón clavándome agujas entre las uñas de los dedos de los pies, que me daría lo mismo, no me enteraría.

Todo empezó porque hace ya años [bastantes], y cuando TODAS mis amigas, mi hermana, mi cuñado, mi madre y hasta mi abuela presumían de carnet de conducir. Y me decían: Sácatelo, que conducir mola un huevo, que te da autonomía, y blablabla. Yo ya pensaba: Vamos a ver, analicemos la situación.

A) Por aquel entonces vivía en el puto centro de Murcia, en una calle peatonal al lado de la Gran Via y al costado del Palacio de San Esteban, donde 1. Sólo pueden acceder los coches de la policía y 2. Caso supuesto de que me sacara el carnet/me comprara un coche... ¿donde lo iba a meter?

B) Murcia es relativamente pequeña, amable de pasearse a pata con lo que lo del coche como que tampoco era primordial, y para ir a visitar a la Mamma tenía un chachibus amarillo que me llevaba en un pliqui (previo pago de unos 7€).

Pero en fin, como todo el mundo tenía carnet y me lo vendían como que lo de conducir era la waffle in vinegar, pues nada, me apunté a la autoescuela. Pasé sin problemas el teórico: Lo de empollar no me suponía problema. Peeeeeeeeero... luego de tener la aprobación de poder sentarme a practicar en un coche, vinieron los resquemores. Mi profe de la autoescuela, Mariano, ya de primeras creo que me cogió un poco de manía.

En la puerta de la autoescuela, coche (R. Megane) que llega aparca en doble fila, se baja un señor delgadico y con desparpajo me pregunta:

Mariano: ¿Eres Mafalda?

Mafalda: Sí, también conocida como "Montapollos"

Mariano: Soy Mariano, te voy a dar las prácticas

Mafalda: Qué guay! Te llamas como mi gato, Mariano, jurljurl! [a esto me puso una cara rara rara, no le moló el comentario]. Me tenía manía, lo sé... Me daba zosquines en la mano, me miraba raro (y eso que nunca atropellé a nadie!!) y seguramente hasta firmó un seguro de vida especial por darme clases. Si a ese hombre le quedaba algo de paciencia, conmigo la agotó enteretica.

... Bueno, luego hubo muchas clases, mucha pasta que me dejé en prácticas, suspendí dos veces y aprobé a la tercera. El día que recogí mi carnecito nuevecito Mariano ni estaba en la autoescuela, yo creo que no quería estar presente el día de esa aberración: Me daban un carnet para atropellar ancianitas. A los pocos días de tener el carnet, Marido_antes_de_ser_marido me deja su cochecillo para que lo lleve desde Murcia a Moratalla. Casi le quemo el motor intentando subir una cuesta para entrar en la autovía, se me caló en una rotonda (acojonante, eh?? pues se me caló), y antes de llegar a Moratalla, en Mula, me encontré con una caravana de coches ocasionada por una procesión (de gente de esa que lleva un santo a cuestas). Yo tan chachi paro el coche (por eso de economizar), pongo el freno de mano (porque era una cuestecilla) y observo a la gente y su estatuilla. Llega el momento de proseguir el viaje... y que no tuve cojones de sacar el coche de la cuesta. O se me iba para atrás, o no tiraba, el caso es que Marido_antes_de_ser_marido se agarró un mosqueo de cojones (jooooooooo, si era novata) y casi que juró que no me dejaría su coche jamás de los jamases. Al final, para más INRI, tuvo que sacar el coche él de ahí y mi cara estaba más roja que el mismo coche. Después de ese día juré que pocas veces conduciría. Que el mal rato que había pasado no merecía la pena. 

Un par de veces volví a cogerlo: Una viniendo de Murcia por la autopista, para que Marido_antes_de_ser_marido se quedara contento de que cogía el coche y le dejaba de tener miedo, donde alegremente cambié de marcha (de 5ª a 2ª sin mayores reducciones, se me fue la mano en el cambio de marchas, reiros todo lo que queráis) y el coche por poco no se descuaja ahí mismo (con el consiguiente mosqueo absoluto de Marido_antes_de_ser_marido y la cara de acojone que llevaba el conductor del coche que iba detrás de mi). La segunda vez fue porque Marido_antes_de_ser_marido pilló una intoxicación alimentaria, y me lo tenía que traer para casa desde Barcelona, porque el pobre ni se tenía en pie. Sin muchas complicaciones llegué a casa, pero me di cuenta que me había recorrido media N-II sin luces (los nervios del momento), a las tantas de la madrugada (hay farolas, total, se veía) y no tuve cojones de aparcar el coche. Desperté al insconsciente Marido_antes_de_ser_marido y le dije: Sé que estás mu malito, que te cagas en mis muelas, pero o aparcas el coche o lo dejo en mitad de la playa. 

Hace unas semanas marido_ya_marido me tuvo dando vueltas por el polígono hasta que le pedí que por favor me dejara ya de coche. Antes de irnos a hacer las prácticas le hice jurar que no me pediría el divorcio después de estar conmigo parriba y pabajo y sufriendo (pero ahora la cosa ha cambiado... el coche ni es nuevo ahora, y la chapa la tiene hecha un cascajo con un tremendo bollote en un lado). He de decir que no se caló ni una sola vez, pero vamos... que estamos en las mismas, que a mi me sueltas con un coche donde haya más coches en movimiento, y monto un pollo del tamaño XXL. Eso sí, espero que igual, con un poco de práctica al menos deje de convertirme en un peligro para otras personas, que es lo que más temo.